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Práctica arquitectónica

La Enseñanza de la Arquitectura en México.

La Arquitectura como profesión es una de las más antiguas del mundo, es mensajera de la historia, alma y espíritu de los pueblos; pasado, presente y futuro materializados en piedra; símbolo de la cultura y grado de civilización que el hombre ha alcanzado en las diversas latitudes del planeta; la Arquitectura es manifestación, expresión y significación de la cultura a través del legado material, edificaciones y permanencia de ideas e ideales de los pueblos; surge con la aparición del Ser Humano y desde sus inicios se ha abocado a satisfacer los requerimientos de espacio que este ha demandado tanto a nivel individual como social; es pues medio y cobijo del devenir humano en todas sus actividades y su adaptación al medio.

 

De esta manera, la problemática social, política, económica y cultural que enmarca al contexto, define y delimita las actividades en el campo de la arquitectura, porque de ahí surgen las demandas que deben traducirse cualitativa y cuantitativamente en espacios habitables, causa y acción de la actividad profesional del arquitecto; presentando una doble polaridad, por un lado, como condicionante del diseño, planeación y producción de los objetos arquitectónicos, y por el otro, como demandante de la preparación académica de los personajes que deberán diseñarlo, producirlo y ponerlo en uso.

 

La creación arquitectónica conlleva un gran esfuerzo, sensibilidad, técnica, experiencia y un amplio conocimiento teórico, social y cultural; la Arquitectura como todas las actividades que el Ser Humano ha desarrollado, también ha evolucionado, requiriendo en cada caso, procesos de enseñanza-aprendizaje, que adecuen los conocimientos a las demandas del momento histórico.

 

Hablar de los procesos de enseñanza-aprendizaje de la arquitectura en México, nos obliga a remontarnos a la época prehispánica, donde el conocimiento y respeto por las leyes naturales y la destreza artesanal de los pueblos mesoaméricanos, permitió la edificación de grandes obras arquitectónicas y se dio una gran importancia a las manifestaciones urbanas, promovidas a través de los Téquio, sistema de organización para la producción de obras del bien común.

 

Estas grandes obras fueron realizadas a través del trabajo de los Calquetzani ejecutores o instrumentadores de obras y que sin duda fueron obra de Calquetzanime, “los que construyen casas”[1], arquitectos Tlacuilos que “sabían pintar en los códices” algo así como portadores de una tradición que podríamos llamar tetlepanquemecáyotl, o “conjunto de valores atribuidos a quienes se ocupan de trabajar la piedra”[2]; profesión que presuponía cierto número de conocimientos, que al mismo tiempo que les permitía, el desarrollo constructivo de Teocallis (Templos), Tecallis (palacios), Callis (casa habitación) y de grandes Ciudades, orgullo de los actuales pobladores de las regiones cercanas a través de los Téquio y los sistemas de tributación arquitectónica llamados Coatéquitli, “provisión de mano de obra”[3]; eran muy considerados por los Tlatoanis (señores nobles), quienes los consultaban acerca del contenido de pinturas y códices[4].

 

Estos arquitectos, miembros de los tetlepanques o gremio de constructores, ya fueran Pipiltin nobles o Macehualtin plebeyos capaces, recibían preparación en los Calmécac (escuelas sacerdotales), y se apoyaban en millares de macehualtin, artífices que estudiaban la manera de participar en las obras públicas en los Telpochcalli, (casas de jóvenes), dedicados a Texcatlipoca; ambas escuelas gobernadas por el Estado[5]; esta formación a través del estudio de los amoxtli (libros especializados), les permitió responder con ética y profesionalismo a las demandas sociales  de su momento histórico hecho que se comprueba con la majestuosidad de obras tanto arquitectónicas como urbanas de notable jerarquía y un gran respeto a la naturaleza, que se desarrollaron en las grandes ciudades prehispánica, obras tales que significaron su ideología cosmogónica..

 

Los Tlacuilos y Calquetzanime, tanto Pipiltin como Macehualtin, recibían la Tlacahuapahualitztli o “arte de criar y educar a los hombres” impartida por Tlamatinime “sabios o philosophos”[6] y Temacutiani “maestros”, a través de la lectura y estudio de los Huehuehtlahtolli “Testimonio de los decires o saberes de los antiguos”, In ye huecauh tlahtolli (relatos y discursos que rememoran el pasado) y de los tetlepanquemecáyotl (libros especializados en la construcción y el manejo de las obras de piedra); esta educación estaba vigilada estrictamente por los Tepanteohuatzin, cihuacoatl (sacerdotes vigilantes), para que se recibiera la educación como lo ordenaban los huehuehtlatonis (consejeros)[7].

 

Posteriormente durante la Época virreinal, la arquitectura se practicó como una profesión liberal[8], y a pesar de la fundación de la Universidad de México en enero de 1553 y que en 1555 se convierte en Real y Pontificia, no hubo la impartición de cátedra sobre arquitectura; esta se aprendía a través de la orientación y práctica con el maestro alarife o con el arquitecto, bajo el método empírico; debieron pasar más de doscientos años para que se organizara la enseñanza institucionalizada de esta actividad, y aún así, su iniciación es en forma independiente de la Universidad.

 

En el año de 1781, se solicitó al superintendente de la Casa de Moneda de la Nueva España, se pensara en la creación de la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura, el Virrey Don Martín de Mayorga, aprueba dicha propuesta y se inician los cursos el 4 de noviembre de ese año en la Casa de Moneda. El 25 de diciembre de 1783, Carlos III Rey de España, expide la Cédula Real de Creación de la “Real Academia de las Bellas Artes de  San Carlos de Borromeo de la Nueva España”

 

Formalmente organizada en cinco áreas como son; Pintura, Escultura, Arquitectura y Grabado, con sus correspondientes Estatutos Reales, se nombra Director General al grabador Jerónimo Antonio Gil, teniéndose para cada una de las artes un Director, el día 5 de noviembre (día de San Carlos) de 1785, inician las actividades de la Academia de San Carlos, primero en un local de la antigua Casa de Moneda, pero por su estrechez se traslada al edificio del antiguo Hospital Real que después se llamó del Amor de Dios y dos casas vecinas, donde se localiza hasta 1954[9].

 

En la Academia se llevó a cabo según la tradición virreinal, la integración académica de las actividades bajo un mismo techo en la formación de artistas integrales, como suma presencia de todas las artes o sea el primer esquema de la educación interdisciplinaria.

 

El examen de pertinencia que daba lugar a la formación de ingenieros de puentes desde 1858, escultores, pintores y arquitectos en una misma escuela, inicio el fenómeno de reflexión interna periódica sobre objetivos, programas y campos de conocimiento y actividades, llevándose a cabo la parcelación primero de los ingenieros de puentes a la Escuela de ingeniería de Minas, en 1867, cuando Juárez la transforma en la Escuela de Bellas Artes, posteriormente en 1910, se participan en la Escuela arquitectos famosos extranjeros y mexicanos formados en el extranjero, con conceptos aportados por la Escuela de Bellas Artes de París; es hasta 1929 que por disposición oficial se integra a la Universidad Nacional Autónoma de México, quedando la Escuela de Arquitectura solo como instancia adecuada a la formación de los arquitectos, separando la de los artistas, pintores y escultores a la Escuela Nacional de Artes.

 

La enseñanza de la arquitectura en México está íntimamente relacionada con la vida de la Academia, pues desde su fundación, es la cuna de la arquitectura mexicana, en sus aulas se han formado la mayoría de los arquitectos, que con sus obras han significado el devenir histórico de nuestro país; hasta 1954, que es el momento en que la Escuela Nacional de Arquitectura, deja el edificio de las calles de Academia y Moneda, del barrio universitario cito en el centro de la Ciudad y se traslada a la Ciudad Universitaria; donde actualmente además de los arquitectos se forma a los Diseñadores Industriales, Arquitectos del Paisaje y Urbanistas, así como posgraduados y especialistas de las mismas carreras.

 

Dentro del devenir histórico, la enseñanza de la arquitectura, ha variado sus modelos de formación de acuerdo con los paradigmas educativos de moda, lo cual ha permitido, que las actividades académicas se enriquezcan, por la tenacidad con que fueron abordadas las demandas de formación profesional.

 

Es a partir de 1922 cuando se le da un claro sentido social a la formación del arquitecto por sobre el tradicional sentido de élite; hasta 1936, prevalece la Academia como único recinto de enseñanza de la arquitectura, pero en este momento como resultado de las transformaciones socio-políticas del País, pensando que la tradición universitaria no da respuestas adecuadas a las demandas sociales, se conforma el Instituto Politécnico Nacional y su Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, antigua Escuela Superior de Construcción; es en los años cuarenta cuando se diversifica la oferta de enseñanza a través del establecimiento de Escuelas de Arquitectura en diversas universidades en el interior del País, 1945, en el ITESM (Tec. de Monterrey), en 1946, en la Universidad Autónoma de Nuevo León y en 1948, en la Universidad de Guadalajara estas Escuelas estructuraron sus programas y planes de estudio de acuerdo con los perfiles académicos del egresado que les interesaba formar, lo cual postula a un profesionista poseedor de aptitudes y actitudes de alta calidad, conscientes de su compromiso ético y social, pero nunca con una finalidad de formación empresarial[10].

 

En función de la aparición de esta serie de Escuelas e Institutos que enseñaban Arquitectura y de que su número fué aumentando, hacia mediados de este siglo se funda la ASINEA, Asociación de Instituciones de Enseñanza de la Arquitectura, que asocia a todas estas Instituciones con una finalidad de propiciar el intercambio de experiencias académico-administrativas, dentro de un marco de respeto y autonomía.

 

Hacia las décadas de los 70s – 80s, se crean 62 Escuelas más en todo el País, y hasta 1995 existían 113 programas de formación profesional para los arquitectos; con una matrícula de 45,500 estudiantes; actualmente se cuenta con cerca de 70,000 estudiantes, 60 Colegios de Arquitectos, casi 60,000 Arquitectos con Cédula Profesional, otro tanto de pasantes o con carrera trunca, y un gran número de empíricos que están inmersos en el ámbito profesional.

 

[1] Villalobos Pérez Alejandro, “Calquetzanime, los que construyen casas”, en Cuadernos de Arquitectura Docencia, Nos. 4, 5 en edición especial, monografías sobre la Facultad de Arquitectura, Facultad de Arquitectura UNAM, México, 1992. Pag 10.

[2] Ibid. Pag 11.

[3] Ibid pag. 12.

[4] Orozco y Berra, Manuel, “Historia Antigua y de la Conquista de México, p 325.

[5] Escalante Pablo, Educación e ideología en el México antiguo: fragmentos para la reconstrucción de una historia, p. 35

[6] Así los llamó Fray Bernardino de Sahagún, según Weinberg, Gregorio, en Modelos educativos en la historia de América Latina, p. 33

[7] Para una mayor información sobre la enseñanza en el México Prehispánico consultar: García Stahl Consuelo op. Cit.; Von Hagen Víctor W., “Los Aztecas Hombre y Tribu”, de. Diana, México 1966; Razo Ochoa José, “La Educación en el pueblo Azteca”, ediciones del autor, México, 1962.

[8] Para una mayor información sobre la formación de los constructores en la época virreinal, consultar Chanfón Olmos Carlos, “la formación de los constructores durante la época virreinal”, en Cuadernos de Arquitectura Docencia, Nos. 4, 5 en edición especial, monografías sobre la Facultad de Arquitectura, Facultad de Arquitectura UNAM, México, 1992. Pp. 17, 28.

[9] Aguirre Cárdenas Jesús, “la Enseñanza de la Arquitectura en México”, Documento, año I Número 3, Academia Nacional de Arquitectura, S.A.M. 170 Sesión Académica.

[10]  En ninguno de los Programas de Estudio consultados se hace énfasis en la formación empresarial, salvo en los casos de la Universidad Anahuac y el Tecnológico de Monterrey.

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